Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Cristo ha hecho por el género humano lo que ni la ley, ni los esfuerzos religiosos han podido hacer, siglos de filosofía y especulación, no habían podido encontrar el camino a Dios, mucho menos reconciliar al hombre con Dios. En una declaración sencilla pero clara, el evangelista define el destino humano, y presenta las únicas dos opciones; “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” En la mente divina, nosotros estamos libres de toda culpa al aceptar a Cristo y su sacrificio. Para Dios nosotros morimos con Cristo en la cruz del calvario cuando fuimos bautizados, en otras palabras el fue nuestro sustituto y nosotros nos identificamos con él en su muerte, él cargó nuestras culpas en el madero, y nosotros recibimos a cambio, la aceptación divina, y todos los derechos de un hijo.
Ahora, estar libre de condenación (culpa) nos obliga a andar en el Espíritu, Los que han sido libres de condenación y los que andan en el Espíritu, son las mismas personas, mientras que andar en la carne y estar condenado ante Dios, es la mismas cosa. La característica principal, de los que ‘No tienen condenación” es que no andan según la carne, es decir: dependiendo de la habilidad y la fuerza personal, ni de ningún esfuerzo que puedan hacer para agradar a Dios, sino que andan según el Espíritu. La obra del Espíritu, es exclusivamente la aplicación legal de la obra consumada de Cristo, nuestra fe en la obra terminada de Cristo, garantiza la ayuda del Espíritu Santo en nosotros, el Espíritu Santo es el encargado de hacer que los beneficios resultantes de la muerte de Cristo en el calvario, sean aplicados a nuestra vida. El ideal de Dios no solo es que estemos libres de culpa, sino que gocemos de todos los beneficios del cielo, a través de la obra de E.S
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